Del Corsario Negro al Capitán Alatriste.
De los conocidos a los por conocer.
De los olvidados a los anónimos.
De los de papel a los de pies de barro.
Siempre héroes, eternos en nuestra infancia.
En
muchos países hay programas de post-grado. Los alumnos desarrollan
tesis o disertaciones bajo la mirada atenta o no de sus supervisores
orientadores.
Hay
alumnos esforzados y otros que no, de estos últimos no hablaremos.
Dentro
de los esforzados los hay muy creativos y los
poco
creativos.
Los
poco creativos hacen todo lo que su supervisor les dice. Su esfuerzo
es sincero y genuino: llegan temprano a la Universidad, leen
artículos, hacen los experimentos y se preocupan de hacerlos bien.
Pero no todo es perfecto, ellos dependen de las ideas de su
orientador. Llamaremos a estos seres Alumnos Luna: brillan más o
menos de acuerdo al Sol que los ilumine. Pero su destino será
siempre rotatorio y reflectivo.
Existen
también los Alumnos Sol: su brillo es propio, así como sus
preguntas. Se les iluminan los ojos cuando tienen nuevas ideas. Se
enojan y vuelven a su sala enfurruñados cuando los resultados no son
los que esperan. Al rato vuelven con soluciones para discutirlas con su orientador.
Los
Alumnos Sol sienten la llegada de lo intangible
y saben
que es un pozo de posibles descubrimientos. En esos momentos sus
sinapsis chispean con
mayor fulgor. Y saben también que la inmensa
emoción
concentrada de esos instantes
pagará
muchos días
de penurias e incertezas.
Los
Alumnos Sol entibian el alma de los profesores, sobre todo de los más
viejos. Les hacen recuperar manojos de ilusiones perdidas tras años
de batallas burocráticas, luchas de egos y angustias por publicar y
aprobar proyectos. Ellos les recuerdan a los profesores que no hay
mayor placer y mayor felicidad que cuando nace una idea original.
En
muchos casos, el brillo de los Alumnos Sol es tan fuerte que iluminan
a Profesores Luna, los hacen resplandecer tanto que muchos en la
Universidad pasan a creer que estos individuos
son Profesores Sol. Pero
un
Profesor Sol volverá a ser Profesor Luna a menos que consiga una
beca de post-doctorado para el Alumno Sol.
Precisamos
de los Alumnos Sol: sin ellos no hay fotosíntesis.
La otra noche había culminado con
éxito un asado hecho con leña. Como todos me habían dicho, es
mucho más rico que al carbón. Los chorizos salieron bien y los
espetinhos de corazón estaban en el punto justo. Además había
conseguido encender el fuego y tener brasas sin los problemas de la
primera vez. Estaba satisfecho de mi desempeño parrillero.
Cuando se fueron nuestros amigos, mi
hija pidió que me acostara con ella en medio del patio a ver las
estrellas.
Es sabido por todos, pero vale la pena
repetirlo: nuestros hijos siempre nos llevan de la mano a dialogar
con nuestra propria infancia. Al lado de ella me vino al instante el
recuerdo de una noche con mi abuelo, sobre la cabina de su velero
anclado en un riacho del delta de Buenos Aires.
La noche era clara y tranquila. Mi
abuelo me contaba que la luz de las estrellas que veíamos habían
viajado largos años para finalmente impactar en nuestras retinas.
Recordaba una placidez perfecta, idéntica a la que ahora sentía con
mi hija.
Le he contado muchas cosas de mi
abuelo, sabe que tenía un Fiat azul, su color preferido. Creo que no
le conté que en ese Fiat había pegada en la guantera una estampa de
no se que santo de mirada desvalida. Mi
abuela era religiosa y quería una protección extra para mi abuelo,
sobre todo en una época en la que los coches no tenían airbags ni
frenos ABS.
Mi hija ha estado reflexionando
bastante sobre la muerte los últimos tiempos. Motivos no le faltan:
en el 2014 murieron dos perras, una de las cuales ella pidió que la
enterráramos en nuestro jardín. Y murió mi tío, una muerte que
creo que nadie de mi familia ha terminado de digerir.
Mirando el cielo mi hija me dijo: “una
estrella es el abuelo, la otra es tu tío y las otras dos son
nuestras perras”. La noche, repentinamente, fue cubierta de
reflexiones. Pensé que la cosmogonía de mi hija era inclusiva:
perros y humanos brillaban juntos, al unísono. También pensé que
tanto a mi suegro como a mi tío les gustaban los perros, así que
imaginé que debían estar disfrutando del
resplandor canino. Me dijo que extrañaba a los cuatro. Le respondí
lo que casi todos responden: que los seres queridos pasan a vivir en
nuestros recuerdos cuando mueren. Y mi
hija, una vez más, me sorprendió con otra conclusión: “entonces
cuando los que los recuerdan mueran ellos también mueren”.
Y creo que tiene razón y explica (me
explica) la importancia de las tradiciones orales, las historias que
continuamos a contar, la necesidad vital, el hilo
que no debe cortarse cueste lo que cueste.
Mi abuelo del Fiat azul. Mi suegro arrastrado por nuestro primer
pastor alemán una vez que lo había sacado a pasear. La perra que
adoptamos porque pasó por debajo del portón de nuestra casa. El
teléfono que sonó un lunes de junio de 2006 avisando que había una
niña en camino. El padre de la niña rezando arrodillado con un
rosario durante la definición por penales de Argentina-Holanda en el
mundial de Brasil, una escena patética que sólo el fútbol
justifica.
Hay historias que mi hija vive y hay
otras que vivimos nosotros, sus padres, su família, sus amigos. Y
todas, de una forma u otra, hacen que todos sigamos viviendo.
Parece entonces que las estrellas
seguirán brillando mientras haya recuerdos que las mantengan firmes
en su eterno resplandor.
Ya fue dicho muchas veces que el fútbol es la cosa más importante de las cosas poco importantes.
Es verdad
Como también es verdad que nos ofrece momentos de emoción en estado puro que, yo creo, nos llevan en forma instantánea a nuestra infancia, de la misma forma que el señor Antoine volvía a sus recuerdos de chico comiendo ratatouille.
La foto muestra a un abuelo festejando el gol de Racing (valió un campeonato) con su nieto.
Sabemos que la infancia sería otra sin abuelos... y sin futbol
Los recuerdos son
aromas, nos asaltan sin que lo esperemos y nos llevan a momentos en
el pasado sin escalas. Hay perfumes que resisten nuestro olvido: el
pasto recién cortado, que anunciaban los
partidos de fútbol del viernes por la tarde e iniciaba la libertad
del fin de semana.
Smells like teen spirit
A veces reviso mis cajones. Guardo de
todo un poco. Me recibe un aroma de adolescencia intacto. Una
servilleta de algún encuentro. Entradas de cines. Monedas que evocan
economías inestables. Frases que alguna vez tuvieron sentido. Y
muchos poemas escritos en cualquier tipo de papel, algunos repetidos
al infinito, escritos con diferentes biromes de diferentes colores.
Confiando quizás en algún mantra que, por repetitivo, se vuelve
poético.
Ciber-recuerdos
Ayer revisé mi
agenda en mi smartphone. Tenía una actividad que no recordaba si era
en octubre o en noviembre. El 8 de noviembre estaba marcado: era (es)
el cumpleaños de mi tío. Comprendí que ese día, de todos los años
que sigan, iré a recibir un aviso en mi cuenta de Gmail. Y que si
por acaso ese día abro mi tablet, su agenda también me lo estará
recordando, porque la agenda de mi smartphone, mi correo electrónico
y mi tablet se comunican, creo que a través de la nube, tal vez
sea en la nube. Reviso mi WhatsApp y veo su foto entre mis contactos.
Me doy cuenta que ahora tenemos otros recuerdos, otras persistencias
que antes no teníamos y que viven fuera de nuestra memoria. Abro mi
laptop: tengo muchas fotos de él. Mi preferida: mi hija con un año
y medio sentada en el piano de mi tío. Él
la mira desde atrás, sonriendo.
Nube
Donde
viven las informaciones y los recuerdos en Internet. No siempre: un día mi tío nos llevó a mi hermano y a mi a ver
Racing-Independiente en cancha de Racing. El era (es) hincha
de
Independiente, nosotros de Racing. Como buen tío nos llevó a la
tribuna de Racing. Independiente ganó 4-2 con una exhibición de
Bochini, el jugador que él consideraba más grande que Maradona. No
pudo gritar los goles: en la tribuna popular de Racing lo hubieran
linchado. A la vuelta tuvo tiempo para consolarnos por la derrota.
Busco ese partido en Google: no consigo encontrarlo. No se si mi
memoria falla o si Google no es tan perfecto
como sus inversores creen.
Sonrisas
Era
un programa de radio que lo conducía Graciela Mancuso. En la época
de la dictadura, escucharlo
los viernes a la noche con los amigos mientras comíamos pizza era
casi una salida. No me quejo: el ese entonces muy joven Roberto
Pettinato pasaba grupos raros que sólo él conocía. Así fue que
descubrí a un grupo australiano, Flash and the Pants. Su tema
Walking in the rain todavía lo escucho cuando voy manejando a
trabajar o llevando a mi hija a la escuela.
Lágrimas y sonrisas
Hoy
consigo evocarlo con una sonrisa: hay demasiados buenos
recuerdos.
Las lágrimas, acaso nuestro egoísmo de seguir teniéndolo con
nosotros, han dado lugar a las sonrisas. Y eso dice mucho más de él
que de mi.
“Cató de
todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en
puerto... Da todo lo que puede dar, su casa está de par en par.”
Hace poco hablaba con mi querido
tío sobre la película de John
Ford, The man who shot Liberty Valance. Como toda gran obra de arte
tiene varias lecturas posibles: mi tío sostenía
que John Wayne era el personaje que catalizaba su propia caducidad,
ya que ayudando a James Stewart, propiciaba un Far West donde el
pistolero no tenía sentido. Mi
interpretación es que John Wayne
era un hombre pudoroso a los elogios. Sus acciones, guiadas por un
claro sentido de justicia, no buscaban el reconocimiento del pueblo
(eso lo capitaliza políticamente James Stewart), para él era
suficiente saber que había hecho lo correcto. Hasta donde alcanzo a
ver, un pudoroso será siempre un héroe anónimo. En la película,
John Wayne no tiene ninguna chance frente a James Stewart, y pierde a
su gran amor del pueblo, un pueblo que ya no le pertenece ni a él ni
a Liberty Valance.
El anonimato no es el caso de Messi, el
fútbol en nuestra sociedad es una de las formas más eficientes de
vender productos que varían de hojas de afeitar a zapatillas,
pasando por los calzoncillos
de Neymar.
Aún así, Messi no tiene las características de Maradona, una
comparación inevitable que
los argentinos hacemos, pero
tal vez equivocada. Maradona, lo sabemos todos, es un personaje
histriónico, operístico: lloraba en el Mundial del 90, insultaba a
los italianos que silbaban nuestro himno, en el 86 “se ponía el
equipo al hombro”. Messi, claramente, no llena los requisitos de
líder de la selección alla
Maradona.
La
pregunta es: ¿es lógico comparar a Messi con Maradona?
Messi
parece ser un jugador más cercano en temperamento a Ricardo Bochini,
ídolo de Maradona y también de mi tío. Bochini jugador era genial
y
hacía cosas
que después solo lo vi a hacer a Iniesta:
sus pases (puñaladas) entre líneas hizo goleadores a varios
delanteros de Independiente y nos hizo sufrir muchas tardes de
domingo a quienes somos hinchas de Racing. Fuera de la cancha, Bochini
sigue siendo un personaje poco carismático, parco de palabras y
poco expresivo.
Maradona, en
cambio, es un hábil declarante, ingenioso para crear frases que
quedan en la memoria colectiva. Es un opinólogo explosivo, amado por
los medios: puede hablar de futbol, del calentamiento global, de la
situación de los jubilados o de cualquier tema que el periodista le
proponga.
En cambio,
a Messi y a Bochini los recordamos solamente por lo que saben hacer
de mejor que es jugar al futbol. No conocemos mucho sobre sus gustos,
las entrevistas que dan ciertamente no tienen el picante de las
declaraciones maradonianas, las respuestas son anodinas,
convencionales.
¿Es
entonces Messi
un líder futbolístico?
Tal vez
esta pregunta
se pueda
responder
analizando si Bochini fue, de hecho, un líder futbolístico. No
tengo mejor prueba que invocar uno de los mejores partidos que vi en
mi vida: Talleres-Independientes,
por el campeonato nacional de 1977.
El fútbol,
el deporte en general, muchas veces sirve como una parábola sobre la
justicia. El día de ese partido estábamos en la quinta de un amigo
con mi hermano. Los tres somos de Racing y obviamente hinchábamos por Talleres. Durante el partido, el
comportamiento del árbitro fue cualquier cosa menos neutral:
descaradamente robaba a favor de Talleres, incluyendo
la expulsión de tres jugadores de Independiente.
En un momento, en medio del tumulto, vimos
que Bochini quería
irse
de la cancha, harto de participar en
un simulacro de fútbol.
A nuestro amigo, a mi hermano y a mí eso nos afectó: vimos la
impotencia de un jugador genial
frente
a la estafa de un árbitro muy
posiblemente comprado.
Repentinamente aparece el técnico de Independiente, el recordado
Pato Pastoriza: le grita (putea) a Bochini, lo cachetea y lo obliga a
volver a la cancha. El mensaje era claro: jugamos hasta el final, no
importa que un árbitro nos esté robando. En esos
minutos
tres chicos de docey
trece años
recibimos
una lección de vida difícil de olvidar: existen las injusticias y
hay personas que dan pelea, a pesar de saber que muy probablemente pierdan.
Bochini
vuelve a la cancha. Independiente está conocho
jugadores. Faltansiete
minutos para el final.
Y el, una vez más, lo hace de nuevo: pared
con
Bertoni y mete el gol del empate, que a Independiente le daba el
campeonato, un gol que hizo que
tres hinchas de Racing lo gritaran
como propio.
Es
muy posible que Bochini no hubiera vuelto a la cancha si no era por
Pastoriza. Desde esa perspectiva Bochini no fue el líder clásico,
no gritó, no
se rebeló.
Pero hizo el gol, un gol del cual 37 años más tarde todavía
recuerdo.
Mañana,
9 de julio, juega Argentina contra Holanda. En el partido de cuartos de final contra Bélgica quien
habló no fue el capitán Messi, sino Mascherano. Parece que en la
arenga final dijo, textualmente,
“Ya estoy harto de comer mierda”. Una síntesis perfecta
de lo que le había pasado a Argentina en los mundiales de los
últimos 24 años: fuimos
coprófagos voraces.
En el mismo partido, Messi no
se lució
pero tácticamente jugó
excelente:
tuvo la pelota, la escondió, marcó. Un líder
que habla poco pero que muy probablemente inspire a los demás dentro
de la cancha.
En
este Mundial
Argentina
no ha jugado bien, salvo en
tramos
del partido contra Nigeria y gran parte del partido contra Bélgica.
Pero, definitivamente, no podemos decir que Argentina juega lindo. Sin embargo, puede
que con el paso del tiempo este equipo quede
en la memoria por otros motivos: por demostrar que un grupo de
argentinos pueden deponer sus egos y vanidades en
función de un
grupo.
Y
que nos marca
que más que caudillos precisamos habilidades y liderazgos asociados
de
varias personas.
Un equipo que tiene a un capitán callado pero que hasta ahora ha
definido cuatro de los cinco partidos que ganó Argentina. Otro habla
desde el corazón. El
técnico admite sus errores cuando los hace. Me parece que hemos
estado demasiado tiempo buscando un líder de equipo en
vez de un
grupo con responsabilidades compartidas.
Y
tal
vez, sólo tal vez, podamos finalmente
entender
que las soluciones a cualquier problema no son únicas ni simples. Y
que si las propone un grupo en
vez de un caudillo(a)
iluminado(a)
tengamos, finalmente, la felicidad de sentir que somos
parte de un
equipo.
Estamos todos nuevamente respirando
fútbol, haciendo cálculos de cruces de octavos de final, haciendo
proyecciones de lo que pasará en las elecciones en Brasil si no
logra el hexa, de si el costo de los estadios se justifica, si es
lógico que Argentina haya jugado contra el poderoso scratch bosnio
con un 5-3-2. Entre toda esta mezcla de discusiones y emociones,
surge límpida la certeza: la alegría del fútbol es efímera. Aún
cuando Argentina salga campeón (no lo veo probable) y Messi se
consagre finalmente como héroe en la selección, es claro que no se
compara con el día vivido hacer 8 años. Y, justamente por eso, sigo
estando indemne a los avatares de la albiceleste, pase lo que pase.
Mi hija hoy patina,
danza, hace karate y ríe, casi siempre. No vive la vida con mesura,
la toma por asalto como los famosos piratas de Sandokan. Es inquieta,
le encanta leer. Claramente ya es una noctámbula empedernida. Y
disfruta, sobre todo disfruta cada cosa que hace con la impunidad de
la infancia, presente
sin tiempo.
La veo y se que
seguiré frente al televisor en todos los partidos de Argentina,
gritaré los goles, pero con una mesura, con una cierta distancia que
no habla tanto de mi civilidad o
pose sino
más de mi nueva vida, una que empezó hace exactamente ocho años.
Siempre he pensado que las convenciones sociales que establecen nuestra rutina diaria y nuestra sensación (ilusión) de normalidad es una cáscara muy fina, fácil de romperse por múltiples motivos: catástrofes naturales, situaciones políticas que llevan tiempo latiendo o virus que se escapan de laboratorios secretos de multinacionales y transforman a las personas en zombies sedientos de cerebros.
Pero, como siempre, lo que uno piensa en general se pierde en el camino que lleva al teclado de la computadora. Hay pensamientos que son inasibles por las palabras, al menos para los comunes mortales, que somos mayoría y zombies en potencia.
Por suerte siempre hay gente que escribe y piensa mejor que uno.
Va el link del blog de Martín Caparros, una nota que habla sobre el reciente saqueo que hubo en Córdoba, Argentina, después que la policía se declarara en huelga.